sábado, 5 de marzo de 2011

Te veré pronto...

En la perdición de miles de palabras vi tú nombre. No pude evitar recordarte, no porque aún te siguiera amando, sino más bien por el sólo hecho de haberte conocido, ese hecho mágico y grandioso de desmembrar a una persona y llegar a conocerla tanto que, aún cuando no se pronunciara alguna palabra podrías intuir o hasta quizás saber lo que ocurría. Fue una de estas cosas por las cuales pasaste a ser de alguien ordinario a una persona fundamental en mí vida. No eras como cualquiera que conociera, tenías cosas peculiares y tan acogedoras que caías bien a cualquiera; una de ellas era tu risa, te reías como el resto, pero en tú sonrisa existía eso cálido que nunca pude saber que era. Siempre, cuando te veía, me dabas un abrazo fuerte y cariñoso y algunas veces sentía, en tus abrazos, que algo de ti se desprendía y me lo entregabas como un regalo. Quizás es algo estúpido mencionarlo ahora, pero creo que nadie transmite lo que tú transmitías, o al menos no lo he conocido aún. Tu carácter era liviano y casi nunca te ponías de mal humor y eso era lo que a todos le gustaba de ti. Creo que sólo una vez te enojaste en serio cuando insultaron a tu madre en aquella estación de tren, tenías los ojos fijos y serios, penetrantes. Me dio miedo verte así.

Tenías algo curioso cuando pensabas, te colocabas la mano en el mentón y te la frotabas, era cómico verte ya que parecías una caricatura. También recuerdo esa ternura juguetona y tímida que salía de repente de ti y que la ocultabas con tu agresividad sarcástica. Eras tan chistoso cuando hablabas tus estupideces, me hacías llorar de risa, y los que estaban a tu alrededor te seguían y se contagiaban.

Pero aún con todo ese derroche de alegría y felicidad yo sabía que de tras de ese brillo incesante de vida existía un espacio sombrío. Una vez en una borrachera me contaste como fue tú niñez, y de tantas cosas buena y malas, una me dejó con el corazón a mil... abusaron de ti. No pude contener esas lágrimas recordando tus palabras, quizás nunca lo hubiera sabido sino hubiéramos ido a ese carrete de la Pauli, pero se dio y de una manera algo inesperada lo supe y desde ese momento te vi como alguien valiente, fuerte y maduro. Dejaste a tras tanto, sin algún rencor que carcoma tu interior, sin algún temor que te consumiera, y eso es decir mucho ya que en otros casos nunca se llega a superar algo así. Entendí en ese instante de confidencia que tú no veías el mundo como yo y que aún me faltaba mucho por saber de las cosas.

Cuando terminaste de contarme me llegué a sentir absurda ya que mis problemas no eran nada, y en un arrebato te abrace y te dije al oído... hoy no estas solo, yo estoy contigo, y con esas palabras al viento como algo natural te comencé a querer.

Estaba escribiendo y vi tu nombre. No pude evitar recordarte. Hoy ya son diez años que no te veo...