Y eran las nubes de una forma extraña ese
día. Las vi dispersas en esa gama de cielo celeste que acudía a decirme que
sería un día soleado.
Iba a una prueba de gramática y, como era de
rutina diaria, iba a llegar tarde. El profesor como siempre me daría el
discurso de la puntualidad y yo impartiría a sólo escucharlo parafrasear, pero
algo me hacía sentir que no había prisa aquel día y, con una calma como si
existiera tiempo extra, caminé por la avenida sin estar al pendiente del reloj.
Mi mente divagaba con la música y observaba, al pasar las calles, los rostros
agotados y angustiados de la gente, por la hora que les pisaba los talones. Iban
dispersos y ensimismados en su propia existencia sin preocuparse de la
globalidad que los envolvía. Me sentí algo extraviada al estar en medio de
aquel tumulto, yo no era como esa mayoría y, quizás muchas veces, por ese
motivo, quise irme de la ciudad para tomar un
rumbo diferente, al cual, desde muy pequeña viví inmersa, lo vi en el
rostro de mi padre y de mi madre al llegar del trabajo, y me dije que nunca me
vería así.
Me detuve fuera de la entrada principal de
la universidad y, estando allí, me di media vuelta y seguí mi camino. No sabía exactamente que hacía ya que aquella
decisión me llevaría a dar un examen a final de semestre. Intente, con la duda
en los dedos, llamar a Sebastián, pero ni siquiera atiné a sacar el celular, ¡el
Seba! me dije, pensando después, lo conozco de tan poco tiempo y se ha
convertido en un refugio para mi rara singularidad, supe, desde el día en que
lo vi sentado en las sillas del pasillo, que por alguna razón u otra nos
conoceríamos. Curiosamente era compañero mío en una de las cátedras. En ese
tiempo hacía dos carreras, pero más adelante se decidió por Arquitectura, y así
nos fuimos conociendo poco a poco, pero no mentiré al respecto, vivo enamorada
de él desde entonces y eso, algunas veces, a dificultado nuestra amistad. Pero
eso no quita que no haya tenido otras relaciones, siempre existía alguien con
quien pasar el tiempo y acompañarme de algún modo. Él está con alguien y eso
aleja mis esperanzas de algún día poder decirle lo que siento, estuve muchas
veces a punto de gritárselo, pero el miedo idiota y estúpido de ser vulnerable
me hizo detener la boca y dejar pasar el momento. Me encontré pensando en eso
mientras cruzaba la calle, esperaría a Sebastián y al resto a que salieran de
clases para poder preguntarles sobre la solemne.
Me fui a un parque cercano que se encontraba
a la vuelta. Me estiré en el pasto que aún estaba algo frío y apoyé mi cabeza
en la mochila. Con un aplauso del público empezó a sonar la melodía de la
guitarra acústica del unplugged y me adormecí en él viajando y divagando en los
sonidos. Si era un Sol o un Mi, o quizás un Fa. Me extasié en la penumbra
tranquilizadora de mis párpados y percibí la soledad que sostenía aquel lugar.
No quería abrir los ojos para no perder aquel instante, pero por alguna razón
sentí que se me escapaba de las manos. Traté de leer un poco, pero las letras
se disipaban y desistí en seguir. Encendí mi pipa para calmar la impaciencia
que se agrupaba y, al ver mi celular, me di cuenta que ya habían transcurrido
tres horas. Fue raro que Sebastián no me llamara, él siempre era el primero en
llamar si faltaba a clases. Fui a buscarlo a la facultad, pero no divisé a nadie
conocido, intenté llamarlo al celular, pero lo tenía apagado. Algo no estaba
bien pensé, quizás no hubo prueba o quizás se quedó dormido, pero aún con tanta
explicación lógica que pudiera existir, no se calmaba mi cabeza y eso me
perturbaba, quizá la marihuana me estaba jugando en contra y hacía que pensara
cosas que no debían ser. Decidí tomar una micro a su casa, no recordaba
exactamente qué calle era, sólo recordaba la casa color blanca, pero tanteando
por los pasajes llegaría igual. La encontré y toqué su puerta, pero nadie salió
de ella, la impaciencia se hizo más grande y seguí tocando y gritando el nombre
de Sebastián, pero nadie respondió a mi llamado, a regañadientes me fui sin
realmente saber a dónde ir. Caminé largo trazo pensando en qué pudo haber
pasado y estuve a punto de explotar en llanto, pero un éxtasis mezclado con un
toque de olvido se apoderó de mi razón y atrajo a la inconciencia. Veía el piso
moverse hacia adelante y hacia a tras, se me hacían gigantes los pasos y todo
era gracioso. Me burlaba tontamente de la gente y muchas veces creí caer hacía
el cielo. Me detuve en el paradero para apaciguar las sensaciones y descansar
de tanto alboroto, en ese instante recordé que no recordaba nada antes de ese
día, mi mente era un laberinto sin termino y no quería indagar más de la cuenta
en él. Quise dejarme llevar y, por primera vez, pude caminar sin pensar. Me
deleité de lo sencillo y anduve sin fin. Me escurrí por lugares que siempre
quise ir y que, por cuestiones de tiempo y dejadez, no pisé. Era como un
fantasma, sentía que flotaba libre sin presiones y casi, sin darme cuenta, se
hizo de noche.
Caminé a mi casa ensimismada en el día
particular que tuve. Llegando al pasaje note que había mucha gente en ella,
gente que no conocía. Entré por un costado del patio y busqué, entre el gentío,
a mi madre, pero no la pude encontrar, nadie me miraba y decidí entrar por la
cocina. Al abrir la puerta, sentada en una silla, se encontraba mi madre y, al
lado de ella, Sebastián. No podía hilar las cosas, aún seguía con el letargo de
la droga y no entendía el porqué del motivo de tanta gente, de la presencia del
Seba en mi casa y abrazando a mi madre que se encontraba llorando desconsoladamente.
Traté de hablar, pero la voz se me cortó y, en ese instante, las imágenes se
agolparon en mí, desordenadas y frías. No quise ver, ni sentir y ni siquiera entender,
sólo atiné a seguir caminando desorientada como buscando algo que no tenía ya
importancia. Recorrí la sala mirando a toda la gente y en una esquina, al
fondo, un ataúd.
La realidad me abofeteó la cara al ver el
cuerpo tendido que yacía en aquel pedazo de madera. Un vacío punzante se coló
en mis huesos, cerré los ojos y salí corriendo para no ver más, al abrirlos me
encontraba en el patio trasero, en él estaba Sebastián fumándose un cigarrillo.
Algo disperso mirando a la nada se proponía a encender otro cuando por su
mejilla rodó una lágrima. Me acerqué a él y le acaricié el rostro, le di un
beso y con un susurro al oído me despedí y le dije que esperaba volverlo a ver,
y antes de darle la espalda, con la garganta entrecortada, me respondió que me
vería siempre en su interior, y sin más me embargó la paz y el éxtasis, se
apoderó de mi el descanso, elevándome y dejándome libre una vez más ya que, el
cuerpo sin vida que lloraban, era yo.